Desde la aparición de los trueques y los primeros intercambios, el hombre siempre a buscado obtener los objetos de mayor valor y más codiciados por el resto de los humanos. Las personas siempre han buscado ésto debido a que piensan que la felicidad se centra en cosas materiales, y, sobre todo, en el dinero. Lo que la mayoría no sabe es que el dinero puede tener un altísimo valor económico y comercial, pero un valor tan vacío y banal en cuanto a sentimientos.
Un auto último modelo, el celular más nuevo, una casa de varios pisos con piscina climatizada y trampolín, ropa de moda y de diseñadores famosos, etcétera, son unas de las cosas más codiciadas por la gran mayoría de los seres humanos; pero la gran incógnita es: ¿pueden éstas cosas brindarte felicidad realmente? ¿o solo un momento de satisfacción por haber conseguido alguna de las cosas arriba mencionadas?
Muchas personas consideran que tener éstos objetos les brindan felicidad y que van a sentirse eternamente extasiados por la obtención de éstos, pero saben que se están mintiendo a ellos mismos.
Sí bien es cierto que mucha gente se siente feliz al comprarse algo que hace mucho tiempo quiere, ésta satisfacción no dura para siempre; es más, dura muy poco.
Las personas ostentosas y codiciosas, o a veces gente que solo desean darse un gusto, se olvidan del amor y del cariño. En mí opinión, pienso que nada se compara a vivir un momento único con un ser especial y amado, ya sea un familiar, un amigo, tu pareja, y, sin ir más lejos, una mascota.
Ni el auto más caro, ni un celular que pueda sacarle fotos a los cráteres de la luna se compara con reír y pasar un momento especial junto a alguien que amas.
La ostentosidad y el lujo nunca van a darte realmente felicidad, y sino crees que ésto sea verdad, pensá en la gente rica que vive en mansiones pero que por más cosas que tengan, nunca los vas a ver sonreír en un momento en que se encuentren solos.
No obstante a ésto, también existen personas que viven rodeados de sus familiares, con mucho amor y cariño, pero que no pueden permitirse unos gustos o lujos, y no se consideran afortunados por tener gente a su alrededor que los quiera, es más, piensan que su vida no tiene sentido ya que no pueden comprarse lo que tanto desean.
Yo creo que ésta gente puede ser muy desagradecida por no valorar el cariño que tienen a su lado, pero quizás realmente necesiten de cosas materiales para ser felices y no necesiten afectividad en su vida. Yo acá dí mí humilde opinión, pero vos, ¿qué opinás? ¿en donde se encuentra realmente la felicidad?
Agustín Wasiuniec
Relatos y cuentos escritos por Agustín Wasiuniec.
viernes, 3 de junio de 2016
miércoles, 4 de mayo de 2016
El crimen del relojero (segunda parte)
El señor Connor había vuelto del parque para buscar unas herramientas para reparar uno de los caballos del carrusel, pero al encontrarse con la sorpresa de que la puerta principal de su casa estaba abierta supo que algo andaba mal.
El tenía una barreta escondida entre los arbustos del camino que conducía al taller, así que decidió tomarla para defenderse por sí éste se tratase de un caso extremo.
-¿Martha? ¿eres tú?- dijo el señor Connor, deseando escuchar la voz de su esposa como respuesta.
Los dos adolescentes entraron en pánico, pero por sobre todo Samael, quien era el mayor y que sabía que la responsabilidad de éste acto era en mayor parte de él. Ambos se agacharon tras la mesa principal, y se quedaron inmóviles, escuchando como los pasos de William Connor se acercaban lentamente.
-Oh no- Susurró Samael, mordiéndose el labio inferior.
-Es el señor Connor- respondió Castiel, apretando los puños y señalando hacia la puerta.
En ese momento, ambos jóvenes estaban arrepintiéndose por completo de su estúpido y banal plan.
El señor Connor no estaba muy seguro de sí había alguien dentro de esa habitación, ya que no había odio ningún ruido, pero tomó coraje y decidió adentrarse en la oscuridad del taller para averiguarlo:
-¿Hola?- dijo, mientras cerraba la puerta del lugar, ya que estaba armado y era un hombre bastante valiente como para enfrentarse a un posible ladrón.
Los hermanos estaban creando apresuradamente un nuevo plan para librarse de ésta situación, pero estaban dispuestos a todo para escaparse con el dinero y saciar su deseo.
William Connor ya estaba por la mitad de la sala, mientras los hermanos se movían paralelamente del otro lado de la mesa.
-Vuelve a aquel lado- Dijo Samael en voz tan baja como el oído de Castiel podía detectar. Estaba decidido a atacar al Señor Connor con tal de salir de ahí, ya que no podían escaparse ambos debido a que la puerta había sido cerrada. -Vuelve a aquel lado y deja que te vea, yo lo atacaré por la espalda con la lima-.
Castiel obedeció y rápida pero sigilosamente volvió a aquel sitio.
El señor Connor se había detenido en la mitad de la sala, creyendo ya que ésta estaba vacía, y cuando estaba por voltearse para volver a salir, Castiel se paró dejándose ver, mientras que Samael ya estaba casi del mismo lado que la futura víctima.
-¿Qué haces aquí, niño? ¿Quién eres?- Dijo el señor Connor mucho más aliviado viendo que se trataba solo de un niño, sin saber el peligro que corría.
Girando ya sobre el lado de la mesa del dueño del taller, Samael encontró una aguja de un reloj en el suelo. Era una aguja de unos cincuenta centímetros de largo, ya que había pertenecido a un antiguo reloj de la ciudad el cual había estado ubicado en un edificio del centro de la ciudad de Wilson. A pesar de ser una pieza muy antigua, poseía una punta muy afilada, de un gran espesor y estaba bastante cubierta de óxido.
El más joven de los hermanos no sabía que responder ante la pregunta del señor Connor, y justo en ese momento, su hermano se puso de pie, listo para atacar. Castiel desvió sus ojos hacia Samael. El señor Connor logró ver sus ojos en la oscuridad y la dirección en que apuntaban, entonces decidió darse la vuelta rápidamente. Pero ya era tarde, cuando había girado noventa grados sobre si mismo, sintió como gran parte de sus órganos vitales eran penetrados ferozmente. Samael Krav se había abalanzado sobre él y le había clavado la gran aguja en la parte derecha de su abdomen, traspasándolo casi por completo, llenando sus manos y el piso de una gran cantidad de sangre que brotaba de la pobre víctima.
William Connor soltó un grito desgarrador, ensordecedor, mientras se retorcía en el suelo de su taller con la aguja dentro de su cuerpo.
El trabajo estaba hecho, pero ahora los homicidas debían escapar de ahí.
Salieron corriendo rápidamente de la habitación, pero al llegar a la escalera, vieron por la ventana de la casa que la luz del living room se encendía, y luego la luz que se encontraba justo encima de la puerta de entrada al hogar.
Los jóvenes se abalanzaron detrás de los arbustos del camino que conducía al taller, avanzando rápidamente agachados, intentando hacer el menor ruido posible, pero la adrenalina, el miedo y la culpa los abatía, y ésto los hacía golpear todos los arbustos y hacer un gran ruido. Al toparse con los arbustos del sendero principal, decidieron saltar por encima de éstos y echar a correr hacía el portón de la entrada para escapar de una vez por todas. Pero justo en ese instante, Martha, la esposa de William Connor, abría la puerta de la casa, logrando ver a los dos adolescentes saliendo por el portón principal. No logró reconocer casi nada de ellos debido a la oscuridad y los movimientos bruscos de los desesperados jóvenes homicidas, pero sabía que eran dos, y por la estatura y la contextura física sabía que eran menores.
Corrió hacia el taller, rogándole a Dios que su marido éste bien. Pero al llegar ahí, se encontró con la peor escena de su vida: su marido, su amado marido, desangrándose en el suelo, agonizando.
-¡Dios mío, William! ¡Oh no, por favor, no!- dijo la mujer, desesperada y empezando a llorar desconsoladamente. Se arrojó al suelo, levantando la cabeza de su esposo por la nuca y mirándolo. -Por favor resiste, William. Voy a ir a por ayuda-.
-Martha, eran dos niños, eran dos..- éstas fueron las últimas palabras del amado relojero de Wilson, William Connor.
Martha lo abrazó por el cuello y siguió llorando desconsoladamente. No podía creer lo que había pasado, no podía creer que su esposo esté muerto en sus brazos.
Pero intentando vencer su dolor, se puso de pie, y corrió hacia el portón, intentando perseguir a los dos homicidas. Martha era una mujer valiente al igual que su marido, y en éste momento la ira superaba al miedo y al dolor.
Los dos adolescentes corrían todavía por la cuadra de la casa del señor Connor, cuando Martha llegó al portón y los vio.
La patrulla que había estado anteriormente en la esquina no se encontraba ahí. Estaba parada media cuadra más abajo sobre la misma calle. Al no verla, los jóvenes suspiraron, ya que habían pensado que se toparían con ésta. Pero cuando estaban a unos diez metros de la esquina, la patrulla apareció, girando la esquina, ya que los policías que la conducían habían oído el desgarrador grito de la víctima.
Cuando estaban girando la esquina, vieron a los dos hermanos que corrían a la par:
-¡Alto ahí, niños!- gritó el policía que iba conduciendo.
La señora Connor los seguía de atrás, corriendo a toda velocidad como le era posible, y gritó:
-Atrapen a esos dos desgraciados, acaban de asesinar a mí marido!-.
Los policías bajaron rápidamente del auto, apuntando con sus armas a los dos adolescentes, los cuales se encontraban atrapados entre éstos y la señora Connor que ya estaba a tan solo unos cuantos metros de ellos.
-¡Manos arriba!- gritaron los dos oficiales.
Tercera parte (próximamente)
jueves, 28 de abril de 2016
El crimen del relojero (primera parte)
Los hermanos Castiel y Samael Krav, de 13 y 16 años respectivamente, hijos de Lior y Abira, extranjeros de Israel, vivían en el pueblo de Wilson, en Carolina del Norte. Lior trabajaba como conserje en una pequeña escuela primaria a pocas cuadras de su casa, mientras que Abira era costurera en su casa. Ésta familia había llegado 5 años atrás a los Estados Unidos, en 1987.
Era la tarde del 22 de abril cuando los hermanos jugaban en el parque que se encontraba ubicado frente a su casa, al cual acudían muchos niños, ya que éste parque tenía varios juegos y un carrusel enorme, el cual era muy concurrido por todos en el barrio. No comenzaba a funcionar hasta las 8, debido a que el dueño de ésta atracción era William Connor, un viejo relojero conocido y apreciado por todos en el barrio, educado y muy habilidoso en su trabajo de reparación, el cual realizaba en un pequeño taller ubicado junto a su casa, pero sin embargo, era conocido por las risas que concebía a los niños con su carrusel, que había pertenecido a su padre, Joseph Connor.
El señor Connor trabajaba hasta las 7, lo cual le permitía tomar una ducha luego de su jornada e ir al parque a manejar su atracción.
Los hermanos Krav, al ser más grandes que la mayoría de los niños del parque, no disfrutaban de ésta atracción, por lo que se sentaban por horas a mirar el carrusel y la alegría que éste causaba una vez que comenzaba a funcionar.
Gracias a éste trabajo secundario, el señor Connor ganaba la mayor parte de su dinero; el costo de la entrada no era muy elevada, pero era tal la cantidad de niños que ingresaban que ésto resultaba en una gran suma de dinero. Éste ingreso extra, lo utilizaba para comprar herramientas para su trabajo principal y pequeños lujos para su casa.
Castiel y Samael, a pesar de ser apenas dos adolescentes de una familia humilde, poseían un instinto ambicioso, que crecía cada día: querían dinero. Ni ellos sabían para que, pero un gran deseo por poseer mucho aumentaba rápidamente.
Ellos tenían un plan. No se sentaban todas las noches a observar al señor Connor manejar su carrusel por simple placer, sino que estaban estudiándolo. Observaban el dinero que juntaba, controlaban su horario de trabajo. Éstos jóvenes querían robar su taller, y ya tenían planeado como.
Irían a la casa de William mientras éste se encuentre en el parque y su esposa, Martha, estuviera durmiendo, ya que el taller estaba pegado a la casa.
Eran las 22:00 hs del 29 de abril, y los hermanos Krav le dijeron a sus padres que irían al parque a tomar aire y caminar. Pasaron por allí para asegurarse de que el señor Connor estuviese ahí. Al verlo, se dirigieron a la casa de éste, la cual quedaba camino abajo, tres calles, por la Avenida Sweet.
Era una noche fría, con mucha niebla, la cual daba al barrio un toque londinense. La avenida era iluminada, y había una patrulla parada en la esquina de la casa de William y Martha. Los hermanos no habían premeditado ésto, por lo que decidieron rodear una manzana entera para llegar por el otro lado. Ésto los favorecía, ya que la casa quedaba aún más cerca de esa esquina que la de la patrulla.
Una fila de abedules se establecía a lo largo de toda la cuadra, lo cual ayudó a los adolescentes a caminar entre éstos para evitar ser vistos por los oficiales, además de que los árboles producían una sombra que ennegrecía la acera.
La casa del señor Connor poseía una gran entrada, con un portón alto y grandes rejas divididas por enormes columnas de cemento que estaban ubicadas a cada lado del portón. Éstas se encontraban cubiertas en su mitad superior por una espesa hiedra, verdosa y amarillenta por partes. El portón no tenía llave, no tenía candado, solo un pequeño picaporte. Samael lo giró y ambos entraron rápidamente, dejando el portón a medio cerrar.
La casa poseía un largo camino que conducía a una escalera de 3 escalones, que estaba ubicada justo delante de la entrada principal de la vivienda. En mitad del camino, había un desvío, bordeado por arbustos de aproximadamente un metro de altura, que conducían a otra escalera, la cual servía para ingresar al taller. Éste era una gran habitación con paredes de madera y una ventana rectangular que se extendía a lo largo de todo el taller, dejando ver su interior cuando la luz de la luna lo permitía, debido a que no había luces externas en el lateral izquierdo de la casa.
Los hermanos se deslizaron rápidamente a través del camino principal y tomaron el desvío hasta llegar a la escalera del taller con la mayor cautela posible. Una vez allí, subieron muy lentamente los escalones, ya que éstos crujían cuando los pisaban debido a que eran ya muy antiguos, como el resto de la casa.
Castiel y Samael llevaban consigo una lima, la cual usarían para limar el candado, pero se encontraron con la sorpresa de que la puerta no tenía candado, ni llave, es más, estaba entreabierta, lo cual les llamó un poco la atención, por lo que decidieron entrar sin perder la cautela. Una vez allí, se tomaron unos instantes para apreciar el oscuro taller.
En el lugar había una larga mesa de madera, llena de herramientas para reparar los relojes, piezas rotas, piezas nuevas; había un estante de madera con unas puertas de vidrio que funcionaba como cava. Aquí dentro había varios licores y vinos viejos, pero no les prestaron atención. Fijaron la vista en la caja donde se encontraba el dinero. Ésta estaba ubicada sobre otra mesa que estaba al final de la sala, al lado de una lámpara y varios papeles y lápices. Al ver ésto, supieron de inmediato que ahí se encontraba el botín que tanto anhelaban.
Se deslizaron agachados uno tras otro a través de la habitación hasta llegar a la caja. Al llegar, Samael encendió la lámpara y tocó un botón que se encontraba en la parte superior derecha de la caja y detuvo la abertura de ésta con su mano izquierda para que no haga el clásico sonido clin. Mientras tanto, Castiel se dedicaba a ver e inspeccionar las herramientas sobre la mesa principal. Estaba maravillado por la gran cantidad de agujas de todos los tamaños que había en ese lugar.
Samael terminó de abrir la caja manualmente y sacó de su bolsillo una bolsa con dos manijas que había sido doblada varias veces para disminuir su tamaño y poder así caber en el pantalón del adolescente. Comenzó a guardar el dinero rápidamente, a simple vista contó unos 8 fajos de doscientos dolares cada uno, aunque éste no sabía cuánto poseía cada fajo, y no se detuvo a contarlos debido a la adrenalina y el éxtasis que poseía en ese momento.
Cuando estaba por guardar los últimos dos fajos para ya marcharse y concretar el robo, ambos niños se quedaron helados, cuando el inconfundible crujido de los escalones rompió el silencio y resonó en toda la habitación.
Era la tarde del 22 de abril cuando los hermanos jugaban en el parque que se encontraba ubicado frente a su casa, al cual acudían muchos niños, ya que éste parque tenía varios juegos y un carrusel enorme, el cual era muy concurrido por todos en el barrio. No comenzaba a funcionar hasta las 8, debido a que el dueño de ésta atracción era William Connor, un viejo relojero conocido y apreciado por todos en el barrio, educado y muy habilidoso en su trabajo de reparación, el cual realizaba en un pequeño taller ubicado junto a su casa, pero sin embargo, era conocido por las risas que concebía a los niños con su carrusel, que había pertenecido a su padre, Joseph Connor.
El señor Connor trabajaba hasta las 7, lo cual le permitía tomar una ducha luego de su jornada e ir al parque a manejar su atracción.
Los hermanos Krav, al ser más grandes que la mayoría de los niños del parque, no disfrutaban de ésta atracción, por lo que se sentaban por horas a mirar el carrusel y la alegría que éste causaba una vez que comenzaba a funcionar.
Gracias a éste trabajo secundario, el señor Connor ganaba la mayor parte de su dinero; el costo de la entrada no era muy elevada, pero era tal la cantidad de niños que ingresaban que ésto resultaba en una gran suma de dinero. Éste ingreso extra, lo utilizaba para comprar herramientas para su trabajo principal y pequeños lujos para su casa.
Castiel y Samael, a pesar de ser apenas dos adolescentes de una familia humilde, poseían un instinto ambicioso, que crecía cada día: querían dinero. Ni ellos sabían para que, pero un gran deseo por poseer mucho aumentaba rápidamente.
Ellos tenían un plan. No se sentaban todas las noches a observar al señor Connor manejar su carrusel por simple placer, sino que estaban estudiándolo. Observaban el dinero que juntaba, controlaban su horario de trabajo. Éstos jóvenes querían robar su taller, y ya tenían planeado como.
Irían a la casa de William mientras éste se encuentre en el parque y su esposa, Martha, estuviera durmiendo, ya que el taller estaba pegado a la casa.
Eran las 22:00 hs del 29 de abril, y los hermanos Krav le dijeron a sus padres que irían al parque a tomar aire y caminar. Pasaron por allí para asegurarse de que el señor Connor estuviese ahí. Al verlo, se dirigieron a la casa de éste, la cual quedaba camino abajo, tres calles, por la Avenida Sweet.
Era una noche fría, con mucha niebla, la cual daba al barrio un toque londinense. La avenida era iluminada, y había una patrulla parada en la esquina de la casa de William y Martha. Los hermanos no habían premeditado ésto, por lo que decidieron rodear una manzana entera para llegar por el otro lado. Ésto los favorecía, ya que la casa quedaba aún más cerca de esa esquina que la de la patrulla.
Una fila de abedules se establecía a lo largo de toda la cuadra, lo cual ayudó a los adolescentes a caminar entre éstos para evitar ser vistos por los oficiales, además de que los árboles producían una sombra que ennegrecía la acera.
La casa del señor Connor poseía una gran entrada, con un portón alto y grandes rejas divididas por enormes columnas de cemento que estaban ubicadas a cada lado del portón. Éstas se encontraban cubiertas en su mitad superior por una espesa hiedra, verdosa y amarillenta por partes. El portón no tenía llave, no tenía candado, solo un pequeño picaporte. Samael lo giró y ambos entraron rápidamente, dejando el portón a medio cerrar.
La casa poseía un largo camino que conducía a una escalera de 3 escalones, que estaba ubicada justo delante de la entrada principal de la vivienda. En mitad del camino, había un desvío, bordeado por arbustos de aproximadamente un metro de altura, que conducían a otra escalera, la cual servía para ingresar al taller. Éste era una gran habitación con paredes de madera y una ventana rectangular que se extendía a lo largo de todo el taller, dejando ver su interior cuando la luz de la luna lo permitía, debido a que no había luces externas en el lateral izquierdo de la casa.
Los hermanos se deslizaron rápidamente a través del camino principal y tomaron el desvío hasta llegar a la escalera del taller con la mayor cautela posible. Una vez allí, subieron muy lentamente los escalones, ya que éstos crujían cuando los pisaban debido a que eran ya muy antiguos, como el resto de la casa.
Castiel y Samael llevaban consigo una lima, la cual usarían para limar el candado, pero se encontraron con la sorpresa de que la puerta no tenía candado, ni llave, es más, estaba entreabierta, lo cual les llamó un poco la atención, por lo que decidieron entrar sin perder la cautela. Una vez allí, se tomaron unos instantes para apreciar el oscuro taller.
En el lugar había una larga mesa de madera, llena de herramientas para reparar los relojes, piezas rotas, piezas nuevas; había un estante de madera con unas puertas de vidrio que funcionaba como cava. Aquí dentro había varios licores y vinos viejos, pero no les prestaron atención. Fijaron la vista en la caja donde se encontraba el dinero. Ésta estaba ubicada sobre otra mesa que estaba al final de la sala, al lado de una lámpara y varios papeles y lápices. Al ver ésto, supieron de inmediato que ahí se encontraba el botín que tanto anhelaban.
Se deslizaron agachados uno tras otro a través de la habitación hasta llegar a la caja. Al llegar, Samael encendió la lámpara y tocó un botón que se encontraba en la parte superior derecha de la caja y detuvo la abertura de ésta con su mano izquierda para que no haga el clásico sonido clin. Mientras tanto, Castiel se dedicaba a ver e inspeccionar las herramientas sobre la mesa principal. Estaba maravillado por la gran cantidad de agujas de todos los tamaños que había en ese lugar.
Samael terminó de abrir la caja manualmente y sacó de su bolsillo una bolsa con dos manijas que había sido doblada varias veces para disminuir su tamaño y poder así caber en el pantalón del adolescente. Comenzó a guardar el dinero rápidamente, a simple vista contó unos 8 fajos de doscientos dolares cada uno, aunque éste no sabía cuánto poseía cada fajo, y no se detuvo a contarlos debido a la adrenalina y el éxtasis que poseía en ese momento.
Cuando estaba por guardar los últimos dos fajos para ya marcharse y concretar el robo, ambos niños se quedaron helados, cuando el inconfundible crujido de los escalones rompió el silencio y resonó en toda la habitación.
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