Los hermanos Castiel y Samael Krav, de 13 y 16 años respectivamente, hijos de Lior y Abira, extranjeros de Israel, vivían en el pueblo de Wilson, en Carolina del Norte. Lior trabajaba como conserje en una pequeña escuela primaria a pocas cuadras de su casa, mientras que Abira era costurera en su casa. Ésta familia había llegado 5 años atrás a los Estados Unidos, en 1987.
Era la tarde del 22 de abril cuando los hermanos jugaban en el parque que se encontraba ubicado frente a su casa, al cual acudían muchos niños, ya que éste parque tenía varios juegos y un carrusel enorme, el cual era muy concurrido por todos en el barrio. No comenzaba a funcionar hasta las 8, debido a que el dueño de ésta atracción era William Connor, un viejo relojero conocido y apreciado por todos en el barrio, educado y muy habilidoso en su trabajo de reparación, el cual realizaba en un pequeño taller ubicado junto a su casa, pero sin embargo, era conocido por las risas que concebía a los niños con su carrusel, que había pertenecido a su padre, Joseph Connor.
El señor Connor trabajaba hasta las 7, lo cual le permitía tomar una ducha luego de su jornada e ir al parque a manejar su atracción.
Los hermanos Krav, al ser más grandes que la mayoría de los niños del parque, no disfrutaban de ésta atracción, por lo que se sentaban por horas a mirar el carrusel y la alegría que éste causaba una vez que comenzaba a funcionar.
Gracias a éste trabajo secundario, el señor Connor ganaba la mayor parte de su dinero; el costo de la entrada no era muy elevada, pero era tal la cantidad de niños que ingresaban que ésto resultaba en una gran suma de dinero. Éste ingreso extra, lo utilizaba para comprar herramientas para su trabajo principal y pequeños lujos para su casa.
Castiel y Samael, a pesar de ser apenas dos adolescentes de una familia humilde, poseían un instinto ambicioso, que crecía cada día: querían dinero. Ni ellos sabían para que, pero un gran deseo por poseer mucho aumentaba rápidamente.
Ellos tenían un plan. No se sentaban todas las noches a observar al señor Connor manejar su carrusel por simple placer, sino que estaban estudiándolo. Observaban el dinero que juntaba, controlaban su horario de trabajo. Éstos jóvenes querían robar su taller, y ya tenían planeado como.
Irían a la casa de William mientras éste se encuentre en el parque y su esposa, Martha, estuviera durmiendo, ya que el taller estaba pegado a la casa.
Eran las 22:00 hs del 29 de abril, y los hermanos Krav le dijeron a sus padres que irían al parque a tomar aire y caminar. Pasaron por allí para asegurarse de que el señor Connor estuviese ahí. Al verlo, se dirigieron a la casa de éste, la cual quedaba camino abajo, tres calles, por la Avenida Sweet.
Era una noche fría, con mucha niebla, la cual daba al barrio un toque londinense. La avenida era iluminada, y había una patrulla parada en la esquina de la casa de William y Martha. Los hermanos no habían premeditado ésto, por lo que decidieron rodear una manzana entera para llegar por el otro lado. Ésto los favorecía, ya que la casa quedaba aún más cerca de esa esquina que la de la patrulla.
Una fila de abedules se establecía a lo largo de toda la cuadra, lo cual ayudó a los adolescentes a caminar entre éstos para evitar ser vistos por los oficiales, además de que los árboles producían una sombra que ennegrecía la acera.
La casa del señor Connor poseía una gran entrada, con un portón alto y grandes rejas divididas por enormes columnas de cemento que estaban ubicadas a cada lado del portón. Éstas se encontraban cubiertas en su mitad superior por una espesa hiedra, verdosa y amarillenta por partes. El portón no tenía llave, no tenía candado, solo un pequeño picaporte. Samael lo giró y ambos entraron rápidamente, dejando el portón a medio cerrar.
La casa poseía un largo camino que conducía a una escalera de 3 escalones, que estaba ubicada justo delante de la entrada principal de la vivienda. En mitad del camino, había un desvío, bordeado por arbustos de aproximadamente un metro de altura, que conducían a otra escalera, la cual servía para ingresar al taller. Éste era una gran habitación con paredes de madera y una ventana rectangular que se extendía a lo largo de todo el taller, dejando ver su interior cuando la luz de la luna lo permitía, debido a que no había luces externas en el lateral izquierdo de la casa.
Los hermanos se deslizaron rápidamente a través del camino principal y tomaron el desvío hasta llegar a la escalera del taller con la mayor cautela posible. Una vez allí, subieron muy lentamente los escalones, ya que éstos crujían cuando los pisaban debido a que eran ya muy antiguos, como el resto de la casa.
Castiel y Samael llevaban consigo una lima, la cual usarían para limar el candado, pero se encontraron con la sorpresa de que la puerta no tenía candado, ni llave, es más, estaba entreabierta, lo cual les llamó un poco la atención, por lo que decidieron entrar sin perder la cautela. Una vez allí, se tomaron unos instantes para apreciar el oscuro taller.
En el lugar había una larga mesa de madera, llena de herramientas para reparar los relojes, piezas rotas, piezas nuevas; había un estante de madera con unas puertas de vidrio que funcionaba como cava. Aquí dentro había varios licores y vinos viejos, pero no les prestaron atención. Fijaron la vista en la caja donde se encontraba el dinero. Ésta estaba ubicada sobre otra mesa que estaba al final de la sala, al lado de una lámpara y varios papeles y lápices. Al ver ésto, supieron de inmediato que ahí se encontraba el botín que tanto anhelaban.
Se deslizaron agachados uno tras otro a través de la habitación hasta llegar a la caja. Al llegar, Samael encendió la lámpara y tocó un botón que se encontraba en la parte superior derecha de la caja y detuvo la abertura de ésta con su mano izquierda para que no haga el clásico sonido clin. Mientras tanto, Castiel se dedicaba a ver e inspeccionar las herramientas sobre la mesa principal. Estaba maravillado por la gran cantidad de agujas de todos los tamaños que había en ese lugar.
Samael terminó de abrir la caja manualmente y sacó de su bolsillo una bolsa con dos manijas que había sido doblada varias veces para disminuir su tamaño y poder así caber en el pantalón del adolescente. Comenzó a guardar el dinero rápidamente, a simple vista contó unos 8 fajos de doscientos dolares cada uno, aunque éste no sabía cuánto poseía cada fajo, y no se detuvo a contarlos debido a la adrenalina y el éxtasis que poseía en ese momento.
Cuando estaba por guardar los últimos dos fajos para ya marcharse y concretar el robo, ambos niños se quedaron helados, cuando el inconfundible crujido de los escalones rompió el silencio y resonó en toda la habitación.
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