miércoles, 4 de mayo de 2016

El crimen del relojero (segunda parte)

El señor Connor había vuelto del parque para buscar unas herramientas para reparar uno de los caballos del carrusel, pero al encontrarse con la sorpresa de que la puerta principal de su casa estaba abierta supo que algo andaba mal.
El tenía una barreta escondida entre los arbustos del camino que conducía al taller, así que decidió tomarla para defenderse por sí éste se tratase de un caso extremo.
-¿Martha? ¿eres tú?- dijo el señor Connor, deseando escuchar la voz de su esposa como respuesta.
Los dos adolescentes entraron en pánico, pero por sobre todo Samael, quien era el mayor y que sabía que la responsabilidad de éste acto era en mayor parte de él. Ambos se agacharon tras la mesa principal, y se quedaron inmóviles, escuchando como los pasos de William Connor se acercaban lentamente.
-Oh no- Susurró Samael, mordiéndose el labio inferior.
-Es el señor Connor- respondió Castiel, apretando los puños y señalando hacia la puerta.
En ese momento, ambos jóvenes estaban arrepintiéndose por completo de su estúpido y banal plan.

El señor Connor no estaba muy seguro de sí había alguien dentro de esa habitación, ya que no había odio ningún ruido, pero tomó coraje y decidió adentrarse en la oscuridad del taller para averiguarlo:
-¿Hola?- dijo, mientras cerraba la puerta del lugar, ya que estaba armado y era un hombre bastante valiente como para enfrentarse a un posible ladrón.
Los hermanos estaban creando apresuradamente un nuevo plan para librarse de ésta situación, pero estaban dispuestos a todo para escaparse con el dinero y saciar su deseo.
William Connor ya estaba por la mitad de la sala, mientras los hermanos se movían paralelamente del otro lado de la mesa.
-Vuelve a aquel lado- Dijo Samael en voz tan baja como el oído de Castiel podía detectar. Estaba decidido a atacar al Señor Connor con tal de salir de ahí, ya que no podían escaparse ambos debido a que la puerta había sido cerrada. -Vuelve a aquel lado y deja que te vea, yo lo atacaré por la espalda con la lima-.
Castiel obedeció y rápida pero sigilosamente volvió a aquel sitio.
El señor Connor se había detenido en la mitad de la sala, creyendo ya que ésta estaba vacía, y cuando estaba por voltearse para volver a salir, Castiel se paró dejándose ver, mientras que Samael ya estaba casi del mismo lado que la futura víctima.
-¿Qué haces aquí, niño? ¿Quién eres?- Dijo el señor Connor mucho más aliviado viendo que se trataba solo de un niño, sin saber el peligro que corría.
Girando ya sobre el lado de la mesa del dueño del taller, Samael encontró una aguja de un reloj en el suelo. Era una aguja de unos cincuenta centímetros de largo, ya que había pertenecido a un antiguo reloj de la ciudad el cual había estado ubicado en un edificio del centro de la ciudad de Wilson. A pesar de ser una pieza muy antigua, poseía una punta muy afilada, de un gran espesor y estaba bastante cubierta de óxido.

El más joven de los hermanos no sabía que responder ante la pregunta del señor Connor, y justo en ese momento, su hermano se puso de pie, listo para atacar. Castiel desvió sus ojos hacia Samael. El señor Connor logró ver sus ojos en la oscuridad y la dirección en que apuntaban, entonces decidió darse la vuelta rápidamente. Pero ya era tarde, cuando había girado noventa grados sobre si mismo, sintió como gran parte de sus órganos vitales eran penetrados ferozmente. Samael Krav se había abalanzado sobre él y le había clavado la gran aguja en la parte derecha de su abdomen, traspasándolo casi por completo, llenando sus manos y el piso de una gran cantidad de sangre que brotaba de la pobre víctima.
William Connor soltó un grito desgarrador, ensordecedor, mientras se retorcía en el suelo de su taller con la aguja dentro de su cuerpo.
El trabajo estaba hecho, pero ahora los homicidas debían escapar de ahí.
Salieron corriendo rápidamente de la habitación, pero al llegar a la escalera, vieron por la ventana de la casa que la luz del living room se encendía, y luego la luz que se encontraba justo encima de la puerta de entrada al hogar.
Los jóvenes se abalanzaron detrás de los arbustos del camino que conducía al taller, avanzando rápidamente agachados, intentando hacer el menor ruido posible, pero la adrenalina, el miedo y la culpa los abatía, y ésto los hacía golpear todos los arbustos y hacer un gran ruido. Al toparse con los arbustos del sendero principal, decidieron saltar por encima de éstos y echar a correr hacía el portón de la entrada para escapar de una vez por todas. Pero justo en ese instante, Martha, la esposa de William Connor, abría la puerta de la casa, logrando ver a los dos adolescentes saliendo por el portón principal. No logró reconocer casi nada de ellos debido a la oscuridad y los movimientos bruscos de los desesperados jóvenes homicidas, pero sabía que eran dos, y por la estatura y la contextura física sabía que eran menores.

Corrió hacia el taller, rogándole a Dios que su marido éste bien. Pero al llegar ahí, se encontró con la peor escena de su vida: su marido, su amado marido, desangrándose en el suelo, agonizando.
-¡Dios mío, William! ¡Oh no, por favor, no!- dijo la mujer, desesperada y empezando a llorar desconsoladamente. Se arrojó al suelo, levantando la cabeza de su esposo por la nuca y mirándolo. -Por favor resiste, William. Voy a ir a por ayuda-.
-Martha, eran dos niños, eran dos..- éstas fueron las últimas palabras del amado relojero de Wilson, William Connor.
Martha lo abrazó por el cuello y siguió llorando desconsoladamente. No podía creer lo que había pasado, no podía creer que su esposo esté muerto en sus brazos.
Pero intentando vencer su dolor, se puso de pie, y corrió hacia el portón, intentando perseguir a los dos homicidas. Martha era una mujer valiente al igual que su marido, y en éste momento la ira superaba al miedo y al dolor.
Los dos adolescentes corrían todavía por la cuadra de la casa del señor Connor, cuando Martha llegó al portón y los vio.
La patrulla que había estado anteriormente en la esquina no se encontraba ahí. Estaba parada media cuadra más abajo sobre la misma calle. Al no verla, los jóvenes suspiraron, ya que habían pensado que se toparían con ésta. Pero cuando estaban a unos diez metros de la esquina, la patrulla apareció, girando la esquina, ya que los policías que la conducían habían oído el desgarrador grito de la víctima.
Cuando estaban girando la esquina, vieron a los dos hermanos que corrían a la par:
-¡Alto ahí, niños!- gritó el policía que iba conduciendo.
La señora Connor los seguía de atrás, corriendo a toda velocidad como le era posible, y gritó:
-Atrapen a esos dos desgraciados, acaban de asesinar a mí marido!-.
Los policías bajaron rápidamente del auto, apuntando con sus armas a los dos adolescentes, los cuales se encontraban atrapados entre éstos y la señora Connor que ya estaba a tan solo unos cuantos metros de ellos.
-¡Manos arriba!- gritaron los dos oficiales.


Tercera parte (próximamente)

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